Cuántos tropiezan por aquí cerca

lunes, 18 de abril de 2011

Movistar te tima...


Que vivimos en un mundo en el que todo el mundo promete más de lo que puede o quiere ofrecer no es ningún secreto. Tampoco debería serlo que ahora mismo hay una serie de empresas españolas que se están comiendo el mundo. Si te vas al extranjero te puede sorprender encontrar Santander o Telefónica en los lugares más insospechados. Me imagino que muchos se habrán preguntado cómo es eso posible. Los españoles siempre nos hemos considerado de segunda clase; no nos extraña que las empresas americanas se coman el mundo, que las alemanas vayan en un paso evolutivo superior o que las francesas invadan nuestro país, pero cuando vemos que las españolas salen a por su ración de planeta nos quedamos por lo menos extrañados.

La receta es simple y la conoce todo el mundo: subcontratación, sueldos bajos y nivel de exigencia por encima de los estándares. En España sobran licenciados, así que puedes ofrecerles un sueldo bajo por un trabajo elevado. Y si no, ya habrá algún licenciado de un país hispanoamericano que lo haga por la mitad. Así, mientras se evaporizaban los grandes bancos mundiales, los españoles se mantenían a flote contra viento y marea.

Hoy vamos a hablar de una de esas empresas españolas que escala posiciones con gran celeridad y que es buque insignia de este país en el extranjero: Telefónica. Más concretamente, voy a hablar de mi última experiencia con ellos, que por supuesto no ha sido positiva (si lo fuese no estaría escribiendo esto). Pausa para un kit-kat: soy consciente de la selección negativa que nos lleva a escribir sólo de las experiencias negativas, y creando una mala publicidad a veces no del todo merecida; pero me da igual, si a mí me timan no me importa que no hayan timado a otros mil.

Algo ha sucedido con Telefónica que no entiendo muy bien. Hace años, cuando no había crisis de verdad y todo el mundo era rico, Telefónica segregó sus ramas de actividad más rentables en pequeñas empresas, de las que seguía controlando una parte importante; así nacieron Movistar, TPI (que era básicamente Páginas Amarillas), Terra (gran fracaso empresarial) y alguna otra menos conocida. Cuando llegó la crisis (finales de 2007, digan lo que digan los progres) Telefónica empezó a recomprar a sus hijos pródigos y todo volvió a ser Telefónica (excepto algunas que habían conseguido vender antes, como TPI). Sin embargo, ahora de pronto descubrí que con quien tengo contratado no sólo el móvil, sino también el teléfono fijo de casa (el aparato, no la línea) es con Movistar, y no con la mamá rica. En fin, para el caso es lo mismo…
Entremos en materia. En casa tenemos el móvil con Movistar de toda la vida; desde que ni existía Movistar, que era Moviline, y los teléfonos eran unas armas arrojadizas de 2 kilos de peso y 300 mil pesetas de precio. Qué tiempos aquellos: veías normal que hubiese constantemente ruido estático en la llamada, 100 pesetas (el euro de aquella) no te daba ni para un minuto de conversación, y no te quejabas si no había cobertura, sino que te sorprendías si había. Bueno, a lo que voy es que Movistar en nuestra casa es como el Cola-Cao; sabes que también existe el Nesquick, y que es más rico y más barato, pero tú sigues con el Cola-Cao por inercia (hasta que te sacan el Cola-Cao Turbo y simplemente dejas de tomar cacao en polvo).

Por tanto, la decisión de cambiar de compañía sólo se tomó por razones económicas muy obvias (y por ver el futuro muy negro y muy ZoPenco). Tras buscar, comparar y encontrar algo mejor, nos decidimos por R, que en móviles tienen ofertas muy buenas (lo mínimo después de la brasa que les dimos para nada, es hacerles un poco de publicidad gratuita). En este punto quiero solidarizarme con todos aquellos que pasaron antes por el trauma de cambiarse de compañía telefónica. Fui de los primeros en pasarme a Retevisión en su momento, pero a día de hoy es un viacrucis indescriptible intentar hacer valer tus derechos capitalistas…
Ya estamos llegando a la harina, tranquilos. Como decía ya habíamos (finalmente) firmado todo, recopilado todos los papeles necesarios y llegado a un acuerdo, cuando llegó la fatídica llamada. Por honestidad, reconoceré que no cogí la llamada las dos primeras veces, porque quería hacerlos sufrir, pero finalmente acabé cayendo en la tentación. Una señorita muy simpática y hablando español de España (todo un hito como descubrí cuando me llegó el momento de reclamar) me llamó para hacerme una oferta que nadie podría haber podido rechazar: dos números de los 5 que tenemos no pagarían más que las llamadas que hiciesen, y sobre el total facturado un descuento de un 50%. Pasé por alto el curioso detalle siguiente: si podéis permitiros hacerme un 50% de descuento, ¿por qué no me lo hacéis de entrada, hijos de puta? En este punto, me saco el sombrero que no llevo ante mi padre que precisamente por esa razón cambió de seguro de coche en su momento, siendo esta contraoferta lo que lo convenció de cambiarse.

También se me pasó un detalle por alto, y merezco una colleja de todos mis profesores de Derecho de la facultad por ello: la señorita negó decididamente la posibilidad de poner esa oferta por escrito (al menos me acordé de exigirlo). Pero claro, eran ya muchos años, y me fié de Telefónica, y de Movistar, y de la señorita que me hipnotizó con su acento ibérico…
Una semana después me fui a China y no volví hasta 8 meses después, sólo para descubrir que Movistar seguía facturando lo mismo que en su momento. Es decir, que se habían reído de mí en mi cara; bueno, a través del teléfono, pero el escarnio fue el mismo. No me lo podía creer; Movistar me había engañado. Telefónica había traicionado mis expectativas. Desde que Papá Noel y el Ratoncito Pérez dejaron de existir para mí, no me había sentido más ultrajado.

El cachondeo alcanzó niveles superiores cuando los llamé el 2 de julio. Los llamé e intenté explicarle la situación a una señorita sudamericana. Ésta me interrumpió (práctica común, como descubrí en las 9.756 veces que les he llamado desde entonces) para pedirme, una vez más, los datos. Entonces me dice “sí, veo que el día 23 de octubre del año pasado se le ofreció un descuento, pero no se le aplicó; entonces ¿cuál era su duda?” Aún a riesgo de dañar mi sistema nervioso más allá de lo reparable guardé la compostura suficiente para preguntarle por qué era eso así (ni idea), cómo era eso posible (esto lo lleva otro departamento) y qué podía hacer (poner una reclamación).

Puse la reclamación y me prometieron que avisarían a un superior que se pondría en contacto conmigo ese mismo día o a la semana siguiente, ya que era viernes. ¿Hace falta que diga que nunca llamó ese superior, y que me han prometido la llamada de ese ser superior (yo empiezo a pensar que no es una persona física, sino un ente espiritual que vaga por Matrix arreglando entuertos) incontables veces desde entonces?

Conclusión de la historia: más de un año después de que me hiciesen la oferta sigue sin aplicárseme; casi medio año después de poner la reclamación siguen pasando de todo; he perdido horas de mi vida (y algunas en un mismo día) conociendo a telefonistas de distintos países de habla hispana (que no española) contando una y otra vez la misma historia (“Uno que va…”); mi fe en Telefónica totalmente quebrantada (y eso es lo que más me duele; espero que se capte la sarcasmo…).

Toda esta historia me ha hecho pensar. ¿Será posible que las compañías españolas hayan llegado tan alto a base de timar a la gente? Yo sé de buena tinta que por ejemplo los bancos y cajas en España de toda la vida se han dedicado a cobrar comisiones ilegales con conocimiento de causa y fácilmente reclamables; al que se queja, se le devuelve, y el que no, dinero a la hucha. Así que vete tú a saber… ¿O tal vez será que llegan muy alto a base de recortar personal y subcontratar a los más baratos, y se les ha ido la mano? Eso explicaría por qué ahora por teléfono siempre te atienden personas que no saben de nada y te están leyendo un guión, así como “cagadas” del tipo de ofrecerte algo y luego no aplicarlo (que se note que aún albergo la esperanza de que todo haya sido un error…).

Ahora mismo sólo tengo una cosa clara. Cuando me devuelvan el dinero o cuando se me inflen las meninges más allá de su capacidad elástica, lo que suceda antes, me iré de Movistar; ya veremos a dónde, pero me iré SEGURO. Entonces, cuando ya haya firmado todo, es muy posible que tengan la poca vergüenza de llamarme para hacerme una super-mega-requete-oferta con la esperanza de que me quede en Movistar (la cabra siempre tira al monte). En este punto voy a solicitar la colaboración ciudadana para que me aportéis posibles respuestas por mi parte. Animaos; mandadme vuestra réplica, y si sois afortunados os podréis hacer con el dudoso mérito de tener una frase ingeniosa de vuestra propia cosecha en los registros grabados de llamada de la centralita principal de Movistar. Espero vuestras propuestas.